sábado, 5 de marzo de 2011

La Mujer


La Mujer

- Zona Gale -
Escritora estadounidense (1874-1938)

Caminado un dia por uno de los suburbios de la ciudad en que vivia, Bellard vestido a la última moda, se sintió acongojado al ver una casita en cuyo mísero y pequeño pórtico cercano a la calle había un señor pobremente vestido, de unos sesenta años, sin chaqueta, leyendo un periódico. Estimó que la situación económica de ese hombre debía ser espantosa: la casa sin pintar, la sala que desde la calle se veía desarreglada, y la visión fugaz de una mujer que llevaba puesto un delantal. Sin embargo, aquel hombre levantó la mirada y sonrió a Bellard con una sonrisa tan radiante como si hubiera sido una persona jóven.
Bellard deseaba ser financiero. Sin embargo , los reveses no tardaron en sobrevenir a su familia y su padre hubo de declararse en quiebra. El joven se vio en la necesidad de abandonar sus estudios universitarios y buscarse un empleo que no era de su agrado. Andando el tiempo, un buen día, le cautivaron los ojos de una muchacha con la cual contrajo de matrimonio. Una vez casados se fueron a vivir a un pequeño apartamento.
La joven que escogió por esposa tenía las cualidades de las flores. Bellard no podía explicárselo, pero era callada y prudente, y emanaba de su persona el aroma de la esperanza, al igual que las flores. Un día, en el mes de abril, al ver en una acera una maceta de lirios que alegraban la vista, pensó: “Esas flores sin como mi Lucile. Dan lo mejor que pueden”. Era imposible desanimarse en presencia de su mujer. Cuando salía de su oficina para irse a casa, salía de allí detestándolo todo, la oficina misma, la rutina, la gente, la calle donde vivía; pero en cuanto entraba al apartamento, encontraba allí los efluvios de aquel contentamiento por el cual había visto a otros hombres suspirar y añorar más que cualquier otra cosa en el mundo. La forma en que su mujerle acogía con una bienvenida, la abstracción y prudencia de ella, su presencia de ánimo, todo eso hacía de su vida una verdadera delicia. Bellard se maravillaba de que ella fuese así, no podía comprenderlo, la adoraba. Trabajaba con afán y regresaba a casa en el tren subterráneo con una sensación de felicidad.
Ambicionaba darle hermosas cosas materiales, pero ella le decía:
-Querido, me pregunto como es posible que la gente haya llegado a desear bienes costosos y a anhelar la admiración de los demás. ¿No te parece absurdo?
El se preguntaba por qué sabría ella todo eso y deseaba saberlo el también.
Los dos hijos que tuvieron eran como todos los niños, y Bellard y Lucile pasaron por todas las etapas de criarlos: desde la reverencia que experimentaron cuando nacieron a las angustias y las alegrías del educarlos; y ya fuera una prenda de ropa hecha girones o una rodilla herida, un ataque de tos y de catarro o una crisis moral, Lucile siempre sabía poner el suceso en su sitio sin dejarse aplastar jamás por las circunstancias. Bellard pensaba: “Ella posee el don de saber vivir”.
Al ir envejeciendo, Lucile fue perdiendo su belleza, y él veía muchas mujeres hermosas y jóvenes; pero cuando veía a éstas parlotear, enfadarse y coquetear, cuando las veía sarcásticas, fastidiosas, criticonas o reír y divertirse, pensaba en su Lucile y en su silencio, en su prudencia y en el aroma de esperanza que de ella emanaba. ¿Y esperanza de qué? Si su mujer sabía que con todas probabilidades nunca tendrían nada más de lo que al presente tenían. Cuando le preguntaba , con verdadero anhelo de saber, qué era lo que la hacía ser siempre tan feliz, ella le respondía con cara de asombro: “Tú”.
Un día, él oyó por casualidad lo que conversaba su mujer con una amiga. Lucile decía:
-Otros hombres viven pendientes de las cosas materiales, de acontecimientos, de emociones y de lo futuro. Pero él parece saber que el vivir encierra algo más...
-¿Qué es ese algo más?- le interrumpió diciendo la amiga con curiosidad.
Entonces, escuchó que su mujer decía a ésta:
-Y bien, naturalmente, todos saben lo que en realidad hace la felicidad en la vida, pero él no sólo lo sabe, sino que lo lleva a la práctica.
Tras oír esto, Bellard pensó: “No soy todo lo bueno que debiera serlo para ella”, y se esforzó todo lo que pudo por serlo.
Y así pasaron los años; los hijos crecieron y se casaron. Estos iban a visitar a sus padres no sin cierto aire de superioridad, Entonces, Bellard, que habia instalado un pequeño negocio, fracasó. El hijo procuró arreglar las cosas, le resultó imposible hacerlo y terminó haciéndose cargo de todo, no sin antes reprender abiertamente a su padre. La hija, que iba a verlos con sus tres niños, llenando la casa de estruendo y agitación, dijo en una oportunidad a su madre:
-Mamá, a veces pienso que tú tienes la culpa. Eres demasiado paciente con él.
-Me alegro de que tu padre ya no tenga nada que ver con ese negocio- le dijo Lucile distraídamente-. En realidad nunca le gustó.
La hija, exasperada, le preguntó con subido tono de voz:
-Pero, ¿de que van a vivir?.
Bellard oyó que Lucile le decía:
-Recuerda que tu padre nos mantuvo a los tres durante un cuarto de siglo.
Al oír estas palabras Bellard se sintió fortalecido con renovados bríos para seguir adelante haciendo frente a la vida.
Lucile y Bellard se mudaron a uno de los suburbios donde alquilaron una casita. Bellard consiguió trabajo en una compañía de bienes raíces y se ocupaba en mostrar durante todo el día tierras y casas a hombres que deseaban algo mejor por menos dinero. Al fin del día, volvía a su casa donde le esperaba Lucile: no tan primorosa ya como las flores, pero todavía callada y con el aroma de esperanza que emanaba de su persona. El le decía:
-Nunca tendrás nada más de lo que tienes ahora, Lucile, ¿te das cuenta de ello?
Y Lucile le aseguraba:
-No quiero tener más que sacudir, limpiar y cuidar.
En una ocasión, le dijo él:
-De niña, soñabas que las cosas serían diferentes para ti, ¿no es así?
Y Lucile le respondió:
-Querido mío, todo lo que esa pobre muchacha sabía hacer ¡era soñar con tener cosas!
Casi sollozando, él le preguntó:
-¿Qué es lo que quieres más que nada en el mundo?
Tras un momento de reflexión, Lucile le dijo:
-Quiero que tú seas tan feliz como lo soy yo.
El se detuvo un momento a pensar en el sueño de su juventud de llegar a ser un financiero y exclamó:
-¡Si yo soy feliz!, ¿es que no lo sabes?
Y pensó: “Esto es lo que el mundo entero anhela tener”.
Un día, cuando tenía ya sesenta años, se sentó en el mísero y pequeño pórtico cercano a la calle. La casa era pequeña y estaba sin pintar, la sala estaba desarreglada por que se hacía el aseo, Lucile, con su delantal puesto, yacía de pie en el umbral. Bellard sin chaqueta, leía un periódico y, al levantar la mirada, vio a un joven que pasaba caminando junto a su casa, vestido a la última moda, el cual le miró con una gran y visible compasión.
Bellard le miró también y le sonrió con una sonrisa tan radiante como si hubiera sido él también un hombre joven.

(“The Woman”, de “Yellow Gentians and Blue”)

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