miércoles, 17 de noviembre de 2010

El viejo pescador




El viejo pescador
por Mary Bartels


NUESTRO hogar estaba situado directamente al
otro lado de la calle frente al Hospital Johns
üopkins en Baltimore. Nosotros vivíamos en el
apartamento de abajo y alquilábamos las habitaciones
de arriba a los pacientes externos de la clínica.
Una noche veraniega, mientras preparaba la cena
alguien llamó a la puerta. Al abrirla me encontré
con un hombre de aspecto verdaderamente horrible.
"Es casi de la misma altura de mi hijo de ocho
años," pensé mientras contemplaba el encorvado y
arrugado cuerpo.
Pero lo que llamaba la atención era su cara, más
grande de un lado a causa de la inflamación, roja
y sin piel.
Sin embargo su voz era amable cuando dijo:
—Buenas noches. Vine a informarme si hay una
habitación por sólo una noche. Vine de la playa del
este esta mañana para un tratamiento, y no hay
ómnibus hasta mañana.
Me dijo que había estado buscando un cuarto
desde el mediodía pero no había tenido suerte.
—Yo creo que es mi cara. Sé que se ve horrible,
pero el doctor dice que con unos cuantos tratamientos.
. .
Por un momento vacilé, pero lo que dijo después
me convenció.
—Podría dormir en esta mecedora aquí en el
portal. Mi ómnibus sale temprano en la mañana.
Le dije que habría una cama para él, pero que
mientras tanto descansara en la mecedora. Entonces
me fui a terminar de preparar la cena. Cuando estábamos
listos, le pregunté al anciano si quería sentarse
a la mesa con nosotros.
—No, gracias. Tengo suficiente—En sus manos
traía una bolsa.
Cuando terminé de limpiar los platos, salí al portal
para hablar con él por unos minutos. No me
tomó mucho tiempo descubrir que este anciano tenía
un corazón enorme aprisionado en ese pequeño
cuerpo.
Me contó que se dedicaba a la pesca para sostener
a su hija, con cinco niños y a su yerno, quien
estaba paralítico a causa de una herida en la espalda.
No lo decía en tono de queja, sino que después
de cada frase daba gracias a Dios por sus bendiciones.
Estaba agradecido porque su enfermedad,
la cual aparentemente era una forma de cáncer epidérmico,
no venía acompañada de dolores. Agradeció
a Dios la fortaleza que le había dado para poder
seguir adelante.
A la hora de acostarnos, pusimos un catre para
él en la habitación de los niños. Cuando me levanté
en la mañana, las sábanas estaban dobladas cuidadosamente
y el pequeño anciano esperaba en el portal..
No quiso desayunar, pero antes de partir, dijo
vacilante, como si estuviera pidiendo un gran favor:
—¿Podría venir a quedarme la próxima vez que
tenga que venir por un tratamiento? No le causaré
ningún problema, puedo dormir perfectamente en
una silla.
Se interrumpió por un momento y entonces agregó:
—Sus hijos me hicieron sentir en casa. A los
adultos les molesta mi apariencia, pero a los niños
no parece importarles.
Le contesté que sería bienvenido la próxima vez
que viniera. Y en su próximo viaje llegó un poco
después de las siete de la mañana. Como obsequio,
nos trajo un pescado enorme y un frasco con
las ostras más grandes que yo hubiera visto. Dijo
que les había quitado la concha antes de salir para
que estuvieran buenas y frescas. Yo sabía que su
ómnibus salía a las cuatro de la mañana y me pregunté
a qué hora se habría levantado para poder
hacer todo eso.
Durante los años que vino a quedarse con nosotros,
nunca hubo una ocasión en que no nos trajera
pescados, ostras o verduras de su huerta.
Otras veces recibimos paquetes en el correo,
siempre eran entrega inmediata: pescados y ostras
en una caja de espinacas frescas, con cada una de
las hojas cuidadosamente lavadas. El saber que
tenía que caminar por lo menos cinco kilómetros para
depositarlas en el correo y el poco dinero de que
disponía, hizo los regalos doblemente apreciados.
Cuando recibí estos pequeños obsequios, a menudo
pensé en el comentario que nuestra vecina hizo
después que él se fue esa primera mañana.
—¿Permitiste que ese hombre tan horrible pasara
la noche en tu casa? Yo le dije que se fuera; uno
puede perder clientes con esa clase de personas.
Y eso sucedió, una o dos veces. Pero ¡si sólo lo
hubieran conocido quizá sus enfermedades hubieran
sido más fáciles de soportar! Sé que nuestra familia
siempre estará agradecida por haberlo conocido; de
él fue que aprendimos lo que era aceptar lo malo
sin quejarse, y lo bueno con gratitud hacia Dios.
Recientemente visité a una amiga que tiene un
invernáculo; mientras me mostraba las flores, llegamos
hasta donde estaba la más hermosa de todas;
un floreciente crisantemo dorado. Para mi sorpresa,
me di cuenta de que estaba en un balde viejo, enmohecido
y abollado. Pensé para mis adentros, si
fuera mía la planta, la pondría en la maceta más
hermosa que tuviera. Mi amiga me hizo cambiar
de idea.
—Ando escasa de macetas—explicó"—y sabiendo
lo hermosa que ésta estaría, pensé que no le importaría
empezar en ese viejo balde. Es sólo por
un tiempo, hasta que pueda transplantarla al jardín.
Debe haberse preguntado porqué reí tan complacidamente,
pero me estaba imaginando una gran
escena en el cielo. "Aquí hay una especialmente
hermosa", quizá haya dicho Dios cuando llegó el
alma del pescador. "Pero no le importará empezar
con este cuerpo tan pequeño."
Pero eso ha quedado atrás, hace mucho tiempo;
y en el jardín de Dios, ¡cuan alta ha de estar esa
hermosa alma!

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