martes, 22 de enero de 2008

El don de la compasiòn


Recordemos que tras el funeral, las flores se marchitan,
los buenos deseos de los amigos se convierten en recuerdos,
y las oraciones y las palabras se van apagando en los
corredores de la mente. Los que sufren suelen encontrarse
solos. Se echa de menos la risa de los niños, el alboroto
de los adolescentes, y la preocupación tierna y amorosa
del cónyuge que se ha ido. El sonido del reloj se hace más
intenso, el tiempo pasa más despacio y cuatro paredes
bien pueden ser una prisión.
Encomio a los que, con amoroso cuidado y preocupación
compasiva, alimentan al hambriento, visten
al desnudo y acogen al que carece de hogar. El que
percibe la caída de los pajarillos se percatará de un
servicio tal.
(Liahona Marzo 2007. pàg. 8)

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